Mira tu carita en una laguna

“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño; mas cuando ya fui hombre hecho, deje lo que era de niño” (1 Corintios 13: 11).

En una isla lejana, donde los carros no podían llegar porque estaba rodeada de agua y había que ir en barcos, el agua era tan azul como el limpio cielo.  Allí, de un árbol, colgaba una linda casita.  Por sus ventanas asomaban las cabezas unas blancas palomas.  Ellas miraban entornando sus cabezas con curiosidad, queriendo enterarse de lo que hablaban dos encantadores niños que estaban dándole migajas de pan a unos lindos paticos que nadaban en aquellas cristalinas aguas.  Ellos se divertían  asomando sus caritas alegres viendo como se reflejaban sus rostros en el agua.  Era tanto su bulla, que apenas se dieron cuenta del chapuzón que se dio el Sol cuando se hundió en el agua.  Sólo fue cuando las olas comenzaron a moverse fuertemente y sus caras se veían deformes por el movimiento del agua, que hicieron un silencio tal que se podía oír el suspiro de una amapola.  Los niños creían que ellos se habían convertido en lo que veían reflejado en el agua.  Al alzar sus vistas se sorprendieron cuando vieron aquellas lindas palomas que curiosas los miraban.   Ellos compartieron las migajas de pan que las aves, agradecidas, comían, y repetían: “Curú cucú, curú cucú.

Mira tu carita en el agua de alguna laguna o estanque y muévela  para que disfrutes de la sorpresa que vas a recibir cuando veas tu reflejo en el agua se mueve.

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