Aceptando nuestras diferencias

              

“Donde no hay griego ni judío. Circuncisión ni incircuncisión.  Bárbaro ni escita, siervo ni libre, mas Cristo es el todo, y en todos” (Colosenses 3: 11).

Érase un enorme bosque en el que vivían muchos animalitos.  Un día decidieron ponerse de acuerdo para estudiar juntos y de esa manera aprender a hacer lo mismo que hacía cada uno para que no hubiera diferencia entre ellos.  Los pájaros comenzaron a levantar el vuelo, ¡qué bien volaban! Pero cuando el perro y el conejo se subieron en un árbol para intentar volar, cayeron al piso y se rompieron las patas y los hocicos; no pudieron volar.  La araña comenzó a tejer su casita para casar insectos, los animalitos de los que se alimenta, pero cuando la rana y la tortuga quisieron tejer la casita, no pudieron y se entristecieron.  Los monos, que observaban, comenzaron a hacer monerías tirándose de un lado al otro.  La jirafa se quejaba:

-¡Todos somos diferentes! -gritaba llorando.

Llegaron a la conclusión de que si se unían serían una gran familia, aceptándose como era cada cual.  Ya no habría más enseñanzas; el perro cuidaría en las noches, el gallo recibiría el amanecer cantando con un fuerte quiquiriquí, las abejitas seguirían fabricando su dulce miel, las gallinas pondrían sus huevos; y así, unidos todos, aceptando sus diferencias, serían una linda familia.

Pinta si no eres pintor, toca la guitarra si no sabes música,  te vas a sentir frustrado, pero acéptate tal como eres.  Acepta a tus amiguitos como son y verás qué bien se siente cada cual con sus diferencias.

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